El nombre del padre

Vanessa Springora

Fragmento

cap-3

Me resulta más fácil decírtelo ahora que estás muerto: siempre me pareciste un personaje intrigante. Toda tu vida intentaste ser alguien, te inventaste múltiples personalidades, un aura y una leyenda tan ficticias como lo era la historia de nuestro apellido. Moriste solo en tu viejo y raído sofá, y no me dejaste más que un misterio, ese campo de ruinas que fue tu vida.

Pero yo soy como los perros y me gusta desenterrar huesos viejos. El deseo incontenible de entender qué te había llevado allí surgió tras descubrir tu cadáver. Todo empezó en el momento en que concluía un ciclo, una vida, la tuya, mientras que la mía daba un giro inesperado. Acababa de escribir un libro que trataba de forma indirecta de ti y, a pesar de mi timidez, de mis intentos inconscientes de sabotear mi vida profesional, como habías hecho tú antes de mí, me había «hecho un nombre» sin pretenderlo. Ese nombre incluía tu apellido, por supuesto, un apellido del que no sabía casi nada, aparte de las sucesivas fábulas que me contaste en el transcurso de nuestra esporádica relación.

Escribir unas palabras sobre ti para tu funeral me resultó una tortura. Nadie había querido hablar. No éramos muchos, es verdad. Siete personas en total. Como el desierto en que se había convertido tu existencia. Y eso que dos amigos míos se empeñaron en asistir. Uno de ellos había coincidido contigo una vez, hacía veinte años, y el otro nunca te había visto. Tu hermano y su mujer habían venido a París, y mi madre también se había obligado a estar allí por solidaridad conmigo. Tu última mujer no había encontrado las fuerzas para unirse a nosotros. Tampoco los pocos amigos que te quedaban y con los que ella había contactado. Me debatía entre la obstinada negativa a decir una sola palabra y una especie de obligación moral de no dejarte marchar en un silencio tan embarazoso. Solo conseguí escribir una mísera oración fúnebre. El poema ridículo y mal estructurado de una niña a la que habías dejado huérfana dos veces. No conseguí leerlo yo misma. La maestra de ceremonias se ocupó de hacerlo. No respetó ni el ritmo ni los silencios entre versos. Una auténtica masacre. El poema terminaba así:

Vivías en otro mundo,

un mundo imaginario

heroico y despoblado.

De tu gran soledad

nunca resolveremos el misterio.

Con estas palabras te decimos adiós

y todos mantendremos

en lo más profundo de nuestra memoria

el recuerdo ardiente

de tu enigma.

Después fuimos a enterrar tus cenizas al cementerio donde estaban inhumados tus padres. Quedaba espacio en la tumba de mi abuela, porque su ataúd era más pequeño que el de mi abuelo, enterrado en el mismo lugar. En ese momento me pareció natural dejarte descansar con ellos. De alguna manera me consoló.

Tu hermano, mi tío Dominique, que detrás de su aspecto reflexivo oculta un gran sentido del humor, soltó un comentario sarcástico que me hizo sonreír, aunque fuera un reproche apenas disimulado: «¡Y pensar que estuvo de okupa en la casa de nuestra madre durante catorce años, y ahora que ha muerto vuelve a encontrar la manera de okuparle la tumba!».

Tenía razón, habría sido mejor que esparciera tus cenizas, y por lo demás nunca volví a ese cementerio. Me pregunto qué sentido tenía para mí. Tal vez algo me decía que tu destino estaba indisolublemente unido al de tus padres.

I
Apellido

«Los objetos viven más tiempo que las personas».

PHILIPPE KATERINE, «Les objets», Le Film

Hápax

Al parecer los apellidos surgieron tarde en la historia de la humanidad. En Occidente su uso generalizado se remonta al siglo XII, para facilitar el censo y la recaudación de impuestos. Antes vivíamos muy bien sin ellos. Los galos solo tenían nombre de pila. Pierre, Paul y Jacques eran en teoría iguales, y ni siquiera el rey de Francia tenía patronímico. Al colonizarlos, los romanos ya habían intentado imponerles el gentilice («apellido») y el cognomen («sobrenombre»), pero, como sabemos, los galos se resistieron. Habrá que esperar a la Revolución francesa para que la inscripción del apellido en el registro civil sea obligatoria. Entretanto, algunos privilegiados, que acumulaban propiedades y servidumbre, se habían atribuido apellidos larguísimos y con partícula.

Al principio, para forjarse un apellido no había que ir a buscar muy lejos; la mayoría de las veces se tomaba el nombre de pila del padre, la profesión o la ciudad donde se había nacido. Si no se disponía de esta información, se podía recurrir a alguna característica física o moral. Después esos apellidos pasaron a ser hereditarios y se transmitieron de generación en generación. Aprender su apellido, esa etiqueta que llevará hasta que muera, es para el niño el primer contacto con la violencia del lenguaje, su enfrentamiento con un irrefutable principio de realidad: no, no puedes ponerte un nombre, autobautizarte, del mismo modo que no puedes engendrarte a ti mismo. Tu apellido es el de tu linaje, herencia de tus antepasados. Eres hijo de tu padre y, en función de tu género, transmitirás su apellido o adoptarás el de otro. Pero, a cambio, también es motivo de orgullo la inscripción en el seno de una genealogía, de una filiación, y el inicio de una identidad. Algo sólido a lo que aferrarse. Algo inmutable, al menos en teoría.

Toda mi vida me han preguntado por mi extraño apellido. Era una pregunta ritual cada vez que empezaba el curso escolar. Nunca había oído tu apellido, ¿de dónde es tu familia? ¿Portuguesa? ¿Italiana? ¿Española? En aquella época a muchos profesores les gustaba afrancesar la pronunciación de todos los apellidos extranjeros. Así, la primera sílaba del mío se transformaba en un desagradable sonido nasal, con la i convertida en e. Pocas veces me atrevía a corregirlos. Pero si me armaba de valor, para simplificar, les decía: se pronuncia spring, como primavera en inglés. Ah, vale, ¿es un apellido inglés? Daba una pista falsa a los curiosos. Más tarde, el sufijo gora inspiraría a mi profesor de Filosofía una ascendencia griega y daría lugar a malos juegos de palabras con Spinoza. Para poner fin a las especulaciones, siempre acababa soltando, un poco avergonzada: Es checo. ¡Aaah, entonces es eslavo! Seguían algunas consideraciones sobre mi fisonomía, sí, es cierto que pareces eslava. Después, un silencio incómodo, porque en realidad los franceses no saben gran cosa de los eslavos y en general no tienen nada que decir, mientras que siempre se puede fantasear sobre Italia. Al final llegaba la pregunta más embarazosa: ¿Y hablas checo? Pues no. El interrogatorio terminaba ahí. Entonces me invadía un confuso sentimiento de vergüenza y de ilegitimidad, por no decir de impostura. Tenía la sensación de no ser de aquí, pero tampoco podía vincularme a un lugar que conociera. A lo que este apellido me remitía era a un origen nebuloso, a un lugar del que no sabía nada, y durante mucho tiempo me negué a interesarme por él, porque lo había recibido de un padre que me había abandonado.

Por identificación, o por instinto de rebeldía, solía compensarlo eligiendo a mis amigos entre los que, como yo, tenían un apellido extranjero o no habían nacido en Francia. Formábamos el clan de los outsiders.

A pesar de todo, me sentía orgullosa de mi apellido (aunque no me gustaba gran cosa de mí misma) por la sonoridad musical que, unida a mi nombre, le otorgaba su doble ritmo ternario. Quizá también por la carga de misterio que encerraba. Con el paso de los años lo he convertido en un talismán, algo de naturaleza mística o numerológica, como si la suma de todas sus letras trazara un camino de vida invisible. Me decía: al menos mi padre me ha dado un apellido diferente.

Durante mucho tiempo me limité a no cuestionar su origen ni el relato que me habían contado sobre su historia, por excéntrico que fuera y por mal estructurado que estuviera. Constatar, por ejemplo, que mi apellido terminaba en a, como el de Kafka, Kupka y Kundera, bastaba para validar mi ascendencia checa.

Cuando apareció internet y fue posible teclear algo en un buscador, mi apellido fue una de las primeras palabras en las que pensé, lo cual demuestra hasta qué punto este tema llevaba mucho tiempo agazapado en mi mente.

Más tarde leí en un sitio web de genealogía que este apellido no era «muy popular». La expresión me pareció curiosa. Como si eligiéramos nuestros apellidos. Que fuera poco frecuente en Francia no tenía nada de sorprendente. El problema fue que tampoco se encontraba en ningún otro lugar, ni siquiera en la República Checa.

Durante años me perdí en vanas excavaciones arqueológicas en internet en busca de primos lejanos o simplemente de una prueba de que el apellido existía. Al final me resigné. El resultado de mis búsquedas, obstinadamente nulo, solo confirmaba lo que en el fondo siempre había sabido: no había más Springora, mi familia y yo éramos los únicos con este apellido en todo el mundo. Era un apellido sin homónimo. Un «hápax», para los lingüistas, que solo aparecía una vez en la lengua. Los hápax solían ser neologismos o el resultado de un error ortográfico. En todos los casos eran puras creaciones, palabras inventadas por completo.

Los apellidos sin pasado ni memoria, de alguna manera apellidos fantasma, no eran frecuentes. Pero ¿aun así podían tener una historia?

La noticia

—Hola, ¿es usted la señora Springora?

Estamos a 8 de enero de 2020 y me dirijo a la plaza de Italia. He cogido un taxi. Suena mi móvil. Una voz inexpresiva, masculina y desconocida me dice: La llamo de la prefectura de Nanterre. La voz sigue hablando y me pregunta cuál es mi parentesco con el «señor Patrick Springora». De inmediato se produce un malentendido en mi cabeza. Hace unos días me llamó una inspectora de la susodicha prefectura de Nanterre para informarme de la apertura de una investigación penal por violación de una menor y de que debían interrogarme. La menor soy yo, por hechos que se remontan a más de treinta y cinco años atrás. La confusión me deja helada. ¿Qué pinta mi padre en esta historia?

—Soy su hija.

—Señora, lo siento mucho. Su padre ha fallecido. Los bomberos han encontrado su cuerpo esta mañana en su casa. Debe venir a identificarlo lo antes posible.

Cuelgo, le pido al taxista que se detenga en el arcén, abro la puerta de par en par y salgo sin cerrarla detrás de mí. El aire helado se introduce a toda velocidad en mis pulmones. El taxista me mira con los ojos como platos. Consigo balbucear unas palabras: «Disculpe, será solo un momento».

El taxista entiende que algo grave me ha caído encima y me dice que me tome mi tiempo. Un chorro de lava fundida fluye hacia mi cerebro. No lloro.

Llamo al hombre que comparte mi vida y le suelto un torrente de palabras incoherentes. Me contesta que lo deja todo para acompañarme a la casa mi padre. Me recupero.

Ahora tengo que llamar a mi editor. Esta noche soy la invitada principal de un programa de televisión literario. Ya sé que no estaré en condiciones, porque tengo que ir a identificar el cuerpo sin vida de mi padre. Y mientras mi editor asimila la información, solo pienso en una cosa: mi padre se ha suicidado, seguro. Ha leído mi libro y se ha suicidado.

En fin, todo empezó ese día, cuando su muerte cortocircuitó el lanzamiento de mi primer libro. Trece días antes se había enterado de que iba a publicarse, seguramente por el telediario de las ocho de la tarde. Recibí un mensaje de texto: «¡Muy bien! ¡Aunque has tardado mucho en vengarte! ¡Deberías haberme escuchado en su momento! ¡Bravo de todos modos! ¡Estoy orgulloso de ti! Patrick».

Mientras el taxi da marcha atrás, releo varias veces este lacónico mensaje de cinco frases con signos de exclamación. Mi padre y yo no nos habíamos visto, ni llamado, ni escrito desde el funeral de Huguette, mi abuela paterna, hacía nueve años. Dudé mucho. Al final no le contesté. No necesitaba añadir un reencuentro con él a la carga emocional que estaba suponiéndome el lanzamiento del libro. No quise aceptar lo que me servía en bandeja. Había abandonado a mi padre, un anciano de setenta y tres años, y lo había dejado solo. Yo era un monstruo responsable de su muerte.

Huguette

El piso en el que han encontrado el cuerpo era en realidad donde vivía mi abuela. En ese pequeño espacio de apenas treinta y cinco metros cuadrados vivió primero catorce años con ella y después nueve años solo. Me pregunto cómo soportó mi abuela vivir con él. Seguramente, una especie de síndrome de Estocolmo. Lo había acogido en su casa cuando la vida de mi padre se desmoronaba, pero nunca dejó de admirarlo. Sin trabajo y a punto de que se le acabara el subsidio, acababa de sufrir un primer infarto. Su tercera mujer lo había abandonado y, como ya no pagaba el alquiler, el dueño de su piso lo amenazaba con echarlo. Tenía cincuenta años. Para evitar que se quedara en la calle, su madre aceptó acogerlo «hasta que se recuperara». Allí se quedó los siguientes veintitrés años.

Al final de su vida, mi abuela luchó contra el cáncer durante tres años. Su hijo no le fue de ninguna ayuda en el día a día de su enfermedad. Era más bien una carga que ella asumía a costa de su salud. Su otro hijo vivía a mil kilómetros. Le propuso que fuera a vivir con él y su familia, pero ella no quiso abandonar a mi padre. Un oscuro sentimiento de culpa la obligaba a seguir lavándole la ropa.

Aguantó así tres años, de quimioterapia en quimioterapia, que me hacían creer que podría curarse, y ella siempre encontraba el tiempo y la energía para coger el tren de cercanías y venir a París a vernos a mi hijo y a mí. Adoraba al «hombrecito», como ella lo llamaba.

Yo sabía que mi padre vivía con ella. Casi nunca hablábamos de él. Aun así, de vez en cuando me contaba sus penas, como una madre preocupada por el futuro de su hijo. Le preocupaba que no se despertara hasta media tarde, que saliera a hacer la compra a las ocho, que apenas se levantara del sofá y que lo que había sido una vida prometedora acabará así, en fracaso.

Mi abuela ya solo podía utilizar la mitad de su piso, que además era pequeño. Su hijo ocupaba todo el comedor e incluso se había apoderado del televisor. Para distraerse, ella subía por las tardes a casa de su vecina a ver sus programas favoritos. Cuando ya no tuvo fuerzas para subir y bajar, mi tío le regaló un televisor de pantalla plana que ella colocó en su habitación.

Lo que no me decía era que desde hacía años mi padre no la dejaba entrar en su santuario. Le había prohibido entrar en la única sala de estar. Resignada, respetó el espacio vital de su hijo y su intimidad, como la de un adolescente que acaba de cerrar su puerta con pestillo.

Y entonces la quimioterapia dejó de hacer efecto. Cuando yo llamaba a mi abuela, mi padre nunca contestaba el teléfono. A mí ella no me contaba gran cosa. No quería agobiarme ni preocuparme. Un día que fui a verla al hospital me lo encontré. Vi la incomodidad en los ojos de mi abuela, que sabía lo doloroso que podía ser para mí ese encuentro inoportuno. Mi última discusión con mi padre se remontaba a ocho años atrás. Desde entonces habíamos cortado todo contacto. Él se comportó como si nos hubiéramos visto el día anterior y fingió normalidad. Por extraño que parezca, el tema surgió de repente, de la nada. Me habló de nuestro apellido y me contó una historia sobre su significado, que dijo que podría traducirse por «montaña de primavera», de spring y gora, que en todas las lenguas eslavas significa «montaña». La explicación sobre la etimología de nuestro apellido no venía a cuento, pero seguramente se dijo que en esa habitación de hospital lo llevábamos tres, y como la muerte de mi abuela se acercaba, quizá quería que ella validara esta versión antes de desaparecer. Mi abuela sintió mi angustia y le dio a entender que nos dejara solas. Aún tenía esa autoridad sobre él. Me di cuenta de que se había puesto muy nerviosa. La enfermedad la aplastaba y no podía seguir aguantando los delirios de su hijo. Yo había ido a verla, no a escuchar la enésima elucubración de mi padre. En cuanto salió de la habitación para ir a fumar al jardín, me eché a llorar y fui a acurrucarme contra el frágil cuerpo de mi abuela, que solo pesaba unos treinta kilos. Le dije que no soportaba verla así, y ella me contestó: «¿No crees que lo que te altera tanto es también haberte encontrado con tu padre?».

Tras su última hospitalización la trasladaron directamente a un centro de cuidados paliativos. Aunque el final estaba cerca, jamás se quejaba. Me asusté al ver que para aliviarla solo le administraban paracetamol con codeína. Me esperaba morfina por vía intravenosa. El médico me tranquilizó: «La generación de su abuela ha tomado muy pocos medicamentos, así que le basta con la codeína. No siente ningún dolor».

Mi padre había exigido explícitamente no estar en la misma habitación que mi tío y su mujer, a los que llamaba «esa gente». Su resentimiento respondía al hecho de que, debido a su situación, se había convertido en el enfermero de su madre. Un día se atrevió a decirle a mi tío por teléfono: «Tengo derecho a hacer mi vida, ¿no?». La respuesta de su hermano fue mordaz: «¿No crees que nuestra madre también tenía derecho a hacer su vida en los últimos años?».

Una noche Huguette lanzó unos gritos espantosos. Una enfermera entró a preguntarle si le dolía algo. Le contestó que no. ¿Tenía miedo de morir? Tampoco. La muerte no la asustaba. Lo que la atormentaba era que todos estuviéramos enfadados con mi padre. Entonces el médico jefe llamó a mi tío para explicarle la situación, y al día siguiente me soltó a mí el mismo discurso cuando volví a verla.

«Su abuela no se irá en paz mientras no los vea a todos reconciliados».

Pero ¿cómo «reconciliarse» con un enfermo mental? Lo que nos mantenía alejados de él no era una simple pelea familiar. Era su locura.

El médico insistió. Podríamos hacer un esfuerzo por un día. Mi abuela estaba muy angustiada y la medicación no bastaba para calmarla. Así que me armé de valor y llamé a mi padre para explicarle que ella necesitaba vernos a todos junto a su cama. Contra todo pronóstico, aceptó.

Quedamos en su habitación, creo que a primera hora de la tarde. Entramos uno tras otro, mi tío, mi tía, mi padre, mi pareja y yo. Para Dominique era un esfuerzo colosal. Estaba enfadado con mi padre, con razón, por haber cuidado tan poco y tan mal de su madre, cuando ella lo había acogido desde hacía tanto tiempo. También sospechaba que el cáncer de estómago, que en un principio consideraron una simple úlcera gástrica, tenía algo que ver con la preocupación de observar a su hijo hundiéndose en la demencia a unos metros de ella. Por mi parte, decidí anestesiarme. Todos hicimos nuestro papel. Empezamos a charlar alrededor de la cama. Ella estaba medio dormida, pero de repente se despertó y recorrió la habitación con la mirada. Aunque ya casi no hablaba, se le iluminaron los ojos. Al principio contempló la escena incrédula, levantó el antebrazo con esfuerzo y señalándonos con el dedo índice nos contó de uno en uno. Con el rostro repentinamente transfigurado por una sonrisa, dijo en un suspiro: «¡Qué maravilla!». Después se volvió hacia mi padre con una oscura mirada de reproche, y con sorprendentes energías renovadas exclamó: «¡Estáis todos aquí menos Marie y el hombrecito! Aunque tú ni siquiera lo conoces». Mi prima Marie, hija de Dominique, vivía también en el sur y no había podido venir. En cuanto a mi hijo, era demasiado pequeño para someterlo a esa visita.

Tuve que volver al trabajo. Mi tío, mi tía y mi padre se quedaron. Me contaron que Huguette pidió un sorbete, aunque hacía semanas que no comía. Murió unas horas después.

El cuerpo

Es una ciudad mediana de la periferia oeste. Una ciudad rica de Altos del Sena, pero mi padre no vivía en la parte burguesa y señorial. Vivía en una calle apartada de Courbevoie, en el segundo piso de un edificio de los años setenta no muy alto y alargado, con balcones de plexiglás de color naranja, frente a una capilla del siglo XIX, incongruente en este paisaje moderno. Las ventanas tienen persiana. Esta mañana no estaban bajadas, de modo que los bomberos pudieron romper el cristal y entrar. El portero se había dado cuenta de que el televisor llevaba varios días encendido porque se oía a todas horas desde el rellano. Primero llamó a la puerta y por teléfono. Después llamó a emergencias. Los bomberos también llamaron a la puerta, pero en lugar de forzarla entraron desde el exterior. Para entrar por el balcón seguramente tuvieron que desplegar la escalera y utilizar un mazo o un rompevidrios para abrir una brecha en la ventana corredera. Así lo encontraron.

En los edificios sin portero, ¿quién se encarga de llamar a emergencias cuando un vecino no da señales de vida? ¿Y cómo se las arreglan los bomberos para borrar de su memoria los rostros de todos esos fiambres?

La policía nos recibe en la entrada del edificio. No cogemos el ascensor. Subimos en silencio flanqueados por una joven inspectora uniformada. En el rellano nos esperan el portero y otro hombre, apoyados en una pared. Es el médico que ha certificado la defunción. Le pregunto sin preámbulos la causa de la muerte. Ve el pánico en mis ojos, la urgencia por saber si mi padre se ha suicidado y mi reticencia a entrar. Me habla con mucha precaución y delicadeza delante del portero, que muestra una expresión compasiva. Todo esto en un sórdido pasillo que huele a colillas y a cerrado. Me dice: «Seguramente un infarto agudo. O un derrame cerebral». Los hombros se me caen de golpe. Le respondo: «No me sorprende, ya tuvo un ataque al corazón hace unos veinte años». Antes de que yo llegara, el médico había encontrado en el botiquín la receta de un cardiólogo y medicamentos para el corazón intactos. Añade: «Se ve que se abandonó, que se ha dejado morir». De entrada no entiendo lo que quiere decir.

El médico me detalla que es probable que la muerte se produjera hace como mínimo cuatro días, tal vez seis. No escribe esa fecha en el certificado, sino la de hoy. La ley prohíbe que transcurran más de seis días entre el fallecimiento y el funeral. Quiere darme tiempo para que me organice. Muy considerado por su parte.

No consigo cruzar la puerta del piso. Para eso estoy aquí, sé que es importante, pero no lo hago. Tengo demasiado miedo del fantasma que aún acecha o de que algo maléfico me engulla también a mí. Le pido al hombre al que amo que identifique el cadáver por mí para que puedan llevárselo al depósito. Entra con el médico y sale unos segundos después asintiendo con la cabeza.

Último encuentro

Por la noche llegué a casa y le dije a mi hijo, de catorce años, que su abuelo había muerto. Se echó a llorar y nos abrazamos. No entendí si lo que lo invadía era mi emoción o la suya, sobre todo porque solo lo había visto una vez.

Cuando no era más que una pequeña judía en su saco amniótico, y después un bebé que solo podía comunicarse mediante el balbuceo, las miradas y las sonrisas, ya me había ocupado de contarle por qué yo había dejado de ver a mi padre. Más tarde, cuando tenía cuatro años, me lo preguntó sin rodeos. ¿Por qué mi madre no tenía marido y él no tenía un abuelito, como era el caso por parte de su padre? Volví a explicárselo de una manera que me parecía lo bastante clara y didáctica: mis padres se habían separado cuando yo era niña, y después mi padre solo se había ocupado de mí esporádicamente, hasta que desapareció de mi vida para siempre. Más adelante mi hijo volvió a la carga. Me justifiqué enumerando todas las veces que había intentado recuperar el contacto con mi padre y acabé diciéndole que era imposible, superior a mis fuerzas. «Pero ¿por qué?». Tuve que volver a describirle su carácter peculiar, su temperamento colérico, su indiferencia hacia mí durante toda mi adolescencia y lo difícil que era existir en su mundo. También su tendencia a decir cosas que no eran ciertas. Pero eso suponía no entender la psique de los niños, que sustituyen de inmediato toda explicación insatisfactoria por otra más aceptable. Tampoco fui consciente de la confusión que podría crearle; al decirle que mi padre no había sido bueno conmigo, corría el riesgo de hacerle creer que todos los padres eran potencialmente malos. Y de hecho mantenía cierta distancia con su padre, que sufría por ello y al que yo le respondía que era normal, que los niños pequeños solían estar más unidos a su madre y que con el tiempo se solucionaría.

Algo después, la madre de una compañera de clase de mi hijo me dijo durante una conversación sobre la dificultad de cuidar a un niño cuando se trabaja: «No debe de ser fácil para ti. Con tu madre todavía trabajando y tu padre fallecido, no tienes a nadie que te ayude». ¿De dónde lo había sacado? ¡Mi padre estaba vivo! Se ruborizó, avergonzada; mi hijo les contaba a sus amigos que su abuelo materno había muerto antes de que él naciera.

Ese día entendí que yo no podía controlar las fábulas que él se inventara, a pesar de que, como seguidora de Françoise Dolto, que decía que nunca se debe mentir a los niños, me había encargado varias veces de contarle toda la verdad con palabras sencillas que pudiera entender. Recuerdo haber sentido cierta preocupación, como si mi hijo hubiera heredado la mitomanía de mi padre. Aunque solo tenía cinco años, le pedí explicaciones: «¿Por qué vas contando esa historia, si no es verdad?». Sorprendido en el flagrante delito de mentir, se refugió en el silencio. Por más que yo la hubiera simplificado y se la hubiera dado mascada, la verdad seguía siendo incomprensible para su cerebro infantil. ¿Cómo era posible que un padre no se interesara por su hija? ¿Cómo entenderlo si no es porque está muerto? Pero era la realidad. Mi padre ni siquiera me llamó cuando nació su único nieto.

Poco después murió mi abuela paterna. Su última frase se me quedó grabada como una herida abierta: «Aunque tú ni siquiera lo conoces». Se dirigía a mi padre, pero no podía evitar sentirme culpable. Primero le pregunté a mi hijo si le gustaría conocer a ese misterioso abuelo. Me contestó que sí de inmediato con una gran sonrisa. Yo había subestimado su curiosidad. Incluso parecía resentido conmigo por haberle ocultado a ese miembro fantasma de su familia. El hecho de que mi padre no se hubiera portado bien conmigo cuando era pequeña era la menor de sus preocupaciones. Así que unos días después del funeral decidí organizar un encuentro para intentar arreglar un poco las cosas.

Era verano. Habíamos quedado en ir a cenar a una placita con árboles del distrito X, pero le propuse a mi padre que pasara antes por nuestra casa a tomar algo. Mi hijo le mostró muy orgulloso su habitación. Recuerdo mi oscura angustia cuando la puerta se cerró detrás de ellos y los perdí de vista. ¿Qué iba a decirle a su nieto? ¿Que yo era la mala? ¿Que por mi culpa habían estado privados el uno del otro todos esos años?

Nunca sabré de qué hablaron en ese breve rato. Más tarde, durante la cena, mi hijo no quiso quedarse sentado. Se pasó toda la noche jugando en un extremo de la terraza del restaurante, delante de un portón, a dos metros de nosotros. Se creó un pequeño universo con hojas secas, ramitas y piedras que lo mantuvo ocupado durante más de una hora y media. En la mesa

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